El vino iluminado

El vino iluminado


Las detalladas imágenes que ilustran los libros de horas testimonian la importancia del vino, su elaboración y sus tradiciones a lo largo de la Edad Media y el Renacimiento.

Los libros de horas eran manuscritos iluminados que nacieron en la Edad Media, elaborados en exclusiva para gentes de la corte y la nobleza, con rezos, salmos y abundantes iluminaciones de la devoción cristiana. Con los avances de la técnica, en el Renacimiento mejoraron las ilustraciones que acompañaban al texto, imágenes que no sólo permitieron conservar una iconografía medieval que se hubiera perdido, sino, también, crear álbumes de enorme fidelidad sobre la vida cotidiana. El vino y su mundo, desde la plantación de la vid hasta su consumo en tabernas, palacios o en celebraciones eucarísticas, pueden ser analizados en códices como el Breviario de Isabel la Católica o el Libro del Golf, editados en reproducciones «casi-originales» por M. Moleiro.

Los libros de horas eran breviarios caligrafiados y miniados por los grandes artistas de la época, que permitían a caballeros y damas de gran poder adquisitivo incorporar los elementos de la tradición monástica a su vida cotidiana. Además de incluir textos agrupados para leer y rezar en cada hora litúrgica del día, con el tiempo los libros de horas fueron enriqueciéndose con elementos como calendarios seculares y religiosos.

Pero, al margen del valor artístico y espiritual, la abundancia entre sus páginas de iluminaciones de gran calidad, ya iniciado el Renacimiento, hacen de estos libros de horas importantes archivos históricos de la vida cotidiana de los siglos XV y XVI, así como una fuente fidedigna de iconografía del cristianismo medieval que, de otra manera, se hubiera perdido. Y entre las escenas comunes que quedaban reflejadas entre sus hojas no podían faltar las que describían las labores del campo, sobre cuyas costumbres y necesidades pivotaba toda la vida social de la vieja Europa. Es, precisamente, en este apartado donde las iluminaciones de obras tan singulares como el Breviario de Isabel la Católica, Grandes Horas de Ana de Bretaña, Libro del Golf, Libro de Horas de Carlos VIII, Libro de Horas de Juana I de Castilla, Libro de Horas de Luis de Orleáns o Libro de Horas de María de Navarra permiten resaltar la importancia del vino tanto en el Medioevo como, posteriormente, en el Renacimiento.

La Última Cena
El vino tenía el prestigio social más elevado de cuantas bebidas gozaba el ser humano, desde que Jesucristo institucionalizara el sacramento de la Eucaristía durante la Última Cena comparando el vino con su sangre. También era la opción más sana. Las propiedades del vino eran muy diferentes de las asignadas al agua o, incluso, a la cerveza, ambas consideradas frías y húmedas, pues el vino consumido con moderación (especialmente el vino tinto), «ayudaba» a la digestión, generaba «buena sangre» y aclaraba el «humor».

Merced a las meticulosas descripciones aportadas por los libros de horas, sabemos que la calidad del vino se diferenciaba según la vendimia, el tipo de uva y, sobre todo, por el número de los prensados a los que se sometía al fruto. El primer prensado se llevaba a cabo con los vinos más finos y costosos, reservados para las clases altas. Los segundos y terceros prensados generaban un contenido de baja calidad y poco alcohol, lo que permitía un elevado consumo sin que la intoxicación etílica fuera un grave problema. El pueblo llano, por su parte, tenía que conformarse con beber caldos más baratos, como los blancos, los rosados y aquellos elaborados a raíz de un segundo o tercer prensado, mientras que los pobres de solemnidad y los religiosos ascetas los tomaban ya casi en la frontera de lo que podríamos denominar vinagre. De hecho, cuando la meteorología arruinaba el vino -la mayoría de las veces cuando llegaba el calor-, solía beberse con yerbas aromáticas (jengibre, cardamomo, pimienta, clavo) y azúcar, para enmascarar su sabor.

Febrero y septiembre
Dos eran las fechas clave para el mundo vino, según los libros de horas, y para la agricultura en general. Hacia febrero se acarreaba la leña, se podaba la viña y, después, se araban los campos. Pero el punto álgido era septiembre. Los trabajos de vendimia en la cella vinaria o bodega ocupan toda la escena de una de las miniaturas más descriptivas (la que ilustra la portada de este artículo): en la izquierda un hombre deposita vino en un tonel con la ayuda de un embudo de madera, lo que se conoce como relleno de barril de vino, mientras un campesino realiza, posiblemente, la segunda pisa de la uva. El protagonista, vestido de cuerpo, está dentro de un lagar cilíndrico, elevado sobre dos alzas de madera y ligeramente ensanchado hacia lo alto, en donde flotan uvas negras, cuyo contenido se derrama por los bordes.

Al igual que la vendimia, la pisa de la uva se situaba casi siempre en septiembre y, desde la antigüedad, estas labores contaban con una importante tradición iconográfica. Al igual que la siega, las tareas de vendimia se representaban en la mayoría de los santorales, ya que, junto a los productos derivados del cereal, el vino era el otro cimiento de la alimentación campesina.

MARCELINO IZQUIERDO
 

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