La producción de este excelso ejemplo de cartografía de lujo parece deber más a las reglas de la iluminación que a las de la cartografía práctica. Sobre su autor, Fernão Vaz Dourado, existen pocos e inseguros datos, aunque se da por hecho que el artista habrá sido antes un iluminador-cartógrafo que lo contrario. A pesar de que todos sus trabajos obedecen a un tipo inconfundible, es probable que tuviera un atlas prototipo, cuya parte meramente cartográfica fue aprovechando para todos los otros, con añadidos y modificaciones.
A mediados de la época quinientista, mientras Roma, Venecia, Lovaina y Amberes imprimían centenares de cartas y mapas, Vaz Dourado empleaba y atendía con celo a las premisas de las técnicas más refinadas de la pintura miniaturista del Renacimiento –los pergaminos utilizados son de un excelente blancor, el dibujo es minucioso y detallado, la paleta rica y sabiamente conjugada con la aplicación del dorado– para convertir sus atlas en obras únicas, refinadas y preciosas, colocándolos así en un registro bien diferente del impreso. Las imágenes de Vaz Dourado se difundieron con rapidez en la cartografía impresa del Norte de Europa, como es el caso de la inserta en la obra de Linschoten o la difundida en las ediciones de la obra de Ortelius. A partir de estas imágenes se elaboraron nuevas versiones por todo el mundo.
El Atlas universal de Vaz Dourado parte de una estructura narrativa asociada a la intención de delinear, ordenar y explicar el mundo, volviéndolo inteligible a través de un lenguaje gráfico y visual codificado y fijado. Sería, pues, un error reducir la belleza intrínseca de este trabajo cartográfico a un mero papel decorativo: muy al contrario, la mise en page, la elección de los colores y de los elementos iconográficos dan origen a una semiótica visual que permite al cartógrafo desarrollar con precisión y claridad el discurso cosmográfico y geográfico.