La mirada de los Siglos

La mirada de los Siglos


La mirada de los Siglos
El que recientemente acaba de ser facsimilado en uno de esos alardes de “ingeniería reprográfica” a la que tan acostumbrados nos tiene la editorial M. Moleiro, el Beato de San Pedro de Cardeña, puede con toda justicia figurar a la cabeza de las joyas tardías más suntuosas de sus hermanos de serie.
¿Pero quién se escondía tras la tímida figura de Beato que tantos quebraderos de cabeza causó al arzobispo de Toledo Elipando con su réplica a un escrito que aquel había enviado, el 26 de noviembre del 785, a un abad llamado Fidel de Asturias en la que, entre otras herejías, decía que Cristo era hijo adoptivo de Dios?
Aunque los datos de la vida y andanzas de Beato son vaporosos es muy probable que fuera uno de los monjes emigrados del Sur de España cuando la invasión musulmana y que se estableciera en el reino asturiano como lo hiciera a continuación otro de nuestros abades más paradigmáticos, San Genadio, quien vino a refugiarse al paradisíaco Valle del Silencio y fundó allí el monasterio de Montes, como es bien sabido. Beato debió de conocer en el claustro lebaniego a otro monje, también emigrado, llamado Eterio y que usaba el título de Obispo de Osma, obispado que se encontraba en “zona ocupada” o en las desérticas que separaban ambos reinos. Se cree que algunos de los libros anónimos como el que da pie a los conocidos Beatos, “El comentario al Apocalipsis” y las dos “Epístolas Apologéticas contra Elipando” que desde el siglo XVI se le atribuyen a Beato, se infieren de su dedicatoria a su amigo Eterio.

“Testículo del Anticristo”
El largo y durísimo escrito de Beato y Eterio contra Elipando, dividido en dos libros, va dirigido certeramente al corazón del arzobispo toledano, echando por tierra la tesis de adopcionismo, que ya comentamos, al considerar a Cristo hijo adoptivo de Dios, poniendo en duda su divinidad. Esto convertía en hereje al mitrado toledano pese a la autoridad que le confería su título arzobispal, ampliándole luego el furibundo ataque al atribuirle proposiciones heréticas que el toledano estaba lejos de haber formulado, llegando a utilizar términos de una dureza verbal totalmente inusual para la época como el de calificarle de “testículo de Anticristo” y “propagador de la simiente del error”. La controversia duró varios años y aunque el Concilio de Ratisbona de 792 condenó tajantemente el adopcionismo, Elipando continuó durante algún tiempo su lucha por la supremacía de Toledo.
Es ahora cuando aparece Alcuino, abad de San Martín de Tours y hombre de peso en la corte carolingia, quien toma partido por Beato gracias a una carta que éste le había hecho llegar por medio de un peregrino llamado Vicente. Alcuino le contesta elogiando su actitud y le exhorta a mantener la unidad de la fe y la tradición apostólica. A su vez envía otra carta a Elipando, en la que con amables expresiones le exhorta a que abandone su error, cosa que hace pese a no estar conforme con la decisión del Concilio de Frankfurt. Y aquí se acaban las pistas de nuestro Beato pero no su fama, que quedará inmarchitable a través de los siglos hasta nuestros días, en los que cada vez son mayores los estudios y trabajos de investigación dirigidos a comprender, catalogar y descifrar las claves de unos códices que parecen estar escritos en clave para el lector no avisado.

El Comentario al Apocalipsis
El comentario del monje de Liébana al Apocalipsis de San Juan fue la otra obra que mantuvo su mensaje pese al transcurso de los siglos y se convirtió en el libro principal de la Iglesia Mozárabe, porque promete que se vengará a los mártires con el castigo de los infieles, a la vez que se exalta la idea de resistencia, a la vez que el apartado monasterio de Liébana se convertía en un centro de intensa influencia espiritual que arrasó con la autoridad del Primado de España, en Toledo, que en realidad era una marioneta del poder musulmán. Pero lo que proporciona características épicas al citado Comentario es la creación, en terreno liberado, de una reliquia tan venerada que durante siglos polarizaría los caminos de peregrinación de Europa hacia Santiago. Aquel inquieto y pertinaz monje, que moriría hacia 798, antes de que concluyera la disputa del más poderoso motor de fe que imaginarse pueda, promoviendo la “invención” adopcionista, y que apareciese la tumba del Apóstol, consiguió que la cristiandad del Norte de España recuperase la pérdida de dignidad para luchar contra el invasor, dando origen a un auténtico nacionalismo basado en la religión, para lo cual Beato no tuvo escrúpulos en aportarle hechos legendarios cuyo carácter circunstancial y a veces falso no podía ignorar. Teólogo, erudito apologista, Beato no es sólo el primer escritor de la Reconquista sino el fundador de una patria con el que asistimos al nacimiento de una Nación. De ahí el tremendo éxito obtenido por sus Comentarios, próximo el final del primer milenio y su posterior difusión en la España mozárabe.
El texto de Beato se fue haciendo cada vez más popular, copiándose e ilustrándose en innumerables volúmenes y mucho después del año 1000 se crearon y estudiaron con profusión de notas numerosos “beatos” “lo que contribuyó”, en palabras de Humberto Eco, “a enriquecer las visiones de los constructores de catedrales

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