Clones de pergamino

Clones de pergamino


 El Códice Calixtino ha saltado a la fama. La rocambolesca desaparición del manuscrito y su posterior recuperación le han proporcionado la mayor popularidad que ha conocido en sus nueve siglos de ajetreada historia. El de los tesoros bibliográficos es un universo muy reducido formado por bibliotecarios, editores, estudiosos y coleccionistas que solo sale a la luz cuando se produce el robo de una pieza valiosa o se paga una cantidad asombrosa de dinero en una subasta. Hay que remontarse al año 1994 para recordar la última vez que un códice acaparó los titulares de medio mundo. Fue cuando Bill Gates pagó 30 millones de dólares por el Códice Leicester, un manuscrito de Leonardo da Vinci conocido también como Códice Hammer que tiene la peculiaridad de haber sido escrito de derecha a izquierda (Da Vinci era zurdo). Dos años más tarde, en 1996, otro tesoro bibliográfico se convirtió en noticia después de que dos encapuchados asaltasen el museo diocesano de Seo de Urgell y se llevasen el Códice del Beato de Liébana. El manuscrito fue recuperado a los meses en la consulta de un psiquiatra de valencia. Pero más allá de esos episodios puntuales, reavivados ahora por la recuperación del Calixtino, el mundo de los códices resulta terra incognita para el común de los mortales. Ni siquiera el protagonismo que han adquirido de la mano de autores de best sellers como El Código Da Vinci ha conseguido una aproximación mayoritaria al que sin duda es uno de los grandes fenómenos culturales de la historia. El valor de los códices, nombre que se reserva a los libros escritos a mano antes de la aparición de la imprenta, está directamente relacionado con la calidad y cantidad de sus ilustraciones (iluminaciones o miniaturas). Hay códices muy apreciados no tanto por sus pinturas como por su significación histórica, caso del Calixtino, que constituye la primera narración de un viaje siguiendo el Camino de Santiago. España es un país rico en códices a pesar de que una parte importante de ellos desapareció durante la desamortización eclesiástica. El patrimonio bibliográfico, coinciden los expertos, es casi tan extenso como ignorado. «Todo el mundo conoce las Meninas o el Guernica pero muy pocos saben que algunos de los mejores códices del mundo se guardan al lado de su casa», reflexiona un medievalista. El valor del Calixtino, por ejemplo, ha sido comparado con La Gioconda .

A buen recaudo Seleccionar los mejores códices que se conservan en España es un ejercicio cargado de subjetividad. Aquí no hay tasaciones ni listas de favoritos que sirvan de referencia. Manuel Moleiro, editor especializado en la realización de facsímiles de libros antiguos, pone en primer lugar la Biblia de San Luis , un códice encargado por Blanca de Castilla para su hijo el rey Luis IX de Francia que se guarda en la catedral de Toledo. Juan Bautista Olarte, que es el bibliotecario del Monasterio de Yuso, en San Millán de la Cogolla, siente una especial debilidad por la Biblia Mozárabe de San Isidoro de León, una obra exquisitamente ilustrada que se exhibe en la basílica del mismo nombre. Moleiro completa la lista de códices con el Beato de Girona, el Antifonario de León y el Libro de los Testamentos. Los dos primeros manuscritos están en las catedrales de Girona y León mientras que el Libro de los Testamentos se guarda en la de Oviedo. Las catedrales, como acreditó la desaparición del Calixtino, no son recintos blindados y por eso la tónica habitual es que los códices originales permanezcan a buen recaudo. Los ejemplares que se exhiben al público son facsímiles, clones difíciles de diferenciar de los originales a ojos de un profano. La regla se cumple en cuatro de los cinco casos mencionados. Únicamente el Antifonario que se exhibe en León es el original. Será porque la música –una antífona es una melodía– ahuyenta a los malos espíritus.

 

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