El mundo es incierto para nosotros, pero prometedor para nuestros hijos

El mundo es incierto para nosotros, pero prometedor para nuestros hijos


“Siento un especial orgullo por haber reconstruido, entre otros, los mejores códices flamencos”//“Busco la información en todas las fuentes de conocimiento disponibles”

Antes, mucho antes de que Gütenberg inaugurase una nue­va Galaxia, el ser humano había concedido a Umberto Eco la ma­yor oportunidad para su mejor negocio. El italiano, semiótico e inteligente, construía una apasio­nante novela de intriga medieval a la que dio por titulo El nombre de la Rosa. Su argumento giraba en torno a un enigmático códice donde residían las claves para desvelar una trama llena de su­tileza y misterio. Fue tal la fuer­za narrativa y el expresionismo mágico de la obra, que se convir­tió en uno de los más destacados best-seller del siglo XX. Aquel me­lodrama fue llevado al cine y no sólo conquistó las taquillas de to­do el mundo, sino que pasó a for­mar parte de la exclusiva lista de los “clásicos” del séptimo arte. La obra llegó a eclipsar injustamen­te su posterior libro, El péndulo de Foucault, un trabajo tan prodigioso como postergado en la memoria colectiva. Ambos títulos me hicie­ron llegar a la conclusión de que el interés del ser humano se des­pierta sin límite cuando basamos la construcción de un buen relato en un objeto tan cotidiano como inalcanzable. Me refiero al deseo de conseguir El perfume capaz de esclavizar la voluntad humana (Patrick Süskind), de construir La indagación imprescindible con los testimonios más espeluznan­tes (Peter Weiss) o de encontrar el sutil método de envenenar al adversario mediante las páginas de un códice (Umberto Eco).
De aspecto físico parecido a una obra de encuadernación artística, el término latino “codex” describe cualquier manuscrito manufac­turado en el periodo que abarca desde finales de la antigüedad preclásica hasta la finalización de la Edad Media. Concretamente, Eco hace referencia en su novela al desparecido segundo libro de la Poética de Aristóteles, dedicado a la comedia. Sin duda una base idónea para convertir su relato en una trama perfecta de laberintos y herejías, conspiraciones y diá­logos tortuosos, ritos de brujería y violaciones… El filósofo y escri­tor italiano demostraba así su pa­sión por los libros, ese objeto casi perfecto al que hay que agradecer que el tiempo no pueda evaporar ideas tan imprescindibles para la humanidad como aquellas que encierran el Theriaka y el Alexis­pharmaca de Nicandro.
Las obras copiadas por los amanuenses con paciencia inver­nal sustentaron una parte de la cultura occidental surgida de los monasterios pre-renacentistas. Hoy todo ello se nos antoja arte que trasciende a sus contenidos. Es el caso del espeluznante Beato de Liébana o el espectacular Có­dex Gigas… Andaba yo por estos andurriales cuando mi paisana, María José Salgueiro, la conse­jera gallega que puso seriedad e innovación a la cultura en Casti­lla y León, me llamó para hablar­me de un orensano que transita el mundo reconstruyendo con exactitud, precisión, materiales y técnicas antiquísimas los códices más inverosímiles e imprescindi­bles. Manuel Moleiro no sólo los investiga: vive de ellos, vive con ellos y se ha convertido en refe­rencia mundial…
“Siento un especial orgullo por haber reconstruido, entre otros, los mejores códices flamencos, como el Breviario de Isabel la Ca­tólica, en el que está la flor y nata de todo lo que había en Flandes en aquel momento”.
Sostiene la crítica alemana que, al resucitar esa obra, no só­lo reinventaste el arte bibliográ­fico, sino que pusiste al alcance de muchos historiadores las cla­ves de los matrimonios de conve­niencia por el poder…
Ese breviario marca definitiva­mente la historia del personaje de Isabel la Católica. Hablamos de globalización, y la idea de la política matrimonial que hizo Isabel era global. Fíjate si el libro es oportuno y actual…
También hurgaste en las claves de la cultura otomana…
El Libro de la Felicidad es un grandísimo tratado que data de 1582. Murad III, sultán del Impe­rio Otomano, coincidió con Felipe II en dos características únicas: ambos llegaron al máximo en sus imperios respectivos y con ambos empezó la decadencia.
Un título sugestivo…
Murad III era un individuo cu­rioso que empezó siendo monó­gamo. Su hermana y su madre lo convencieron de que, con esa actitud, no iba a asegurar la con­tinuidad del sultanato… ¡Tuvo ciento tres hijos!
¿Ahí radica la clave de “la feli­cidad”?
Está basado en Las Mil y una noches y en El Libro de Medicina de Abu-Masar, entre otros. Una parte está dedicada a la fisono­mía, y describe, por ejemplo, cuestiones tan peculiares como la fórmula para, a través de la for­ma del rostro de una mujer, saber la profundidad de su vagina…
¡Atiza…! Eso hace estallar en mil pedazos el derecho a la inti­midad…
Te hablo de un hombre que lle­gó a tener mil trescientas muje­res y que organizaba orgías para inspirarse…
Ese tipo era un superdotado...
En la Feria de Londres tuve que retirar el libro, pues unos iraníes llegaron a nuestro stand y, al verlo así encuadernado, con­sideraron que era un libro sagra­do de oración y que, por lo tanto, no podía estar allí.
¿Eres tu propio investigador?
Busco la información en todas las fuentes de conocimiento dis­ponibles. Para abordar una obra que me va a suponer una inver­sión de cerca de dos millones de euros, tengo que andar con pleno conocimiento y seguridad, con­vencido de que lo que voy a hacer es lo que este peculiar mercado busca. En ese proceso de investi­gación no me debo fiar de otro. Recibo muchas referencias, pero estoy obligado a conocer por mí mismo la obra original y descu­brir si me satisface plenamente...
Antes
Manuel Moleiro es decidida­mente de Cea. Iba para director de cine pero le nació la pasión por los códices antiguos. “Clona” ma­nuscritos y libros que se han per­dido en esa almoneda abarrotada de olvido: la desidia humana. Li­cenciado en Periodismo por la Autónoma de Barcelona, en los años universitarios se asocia con unos compañeros y crea una edi­torial especializada en libros de arte: Ebrisa. De ese primer pro­yecto surge también la impres­cindible revista FMR. En el 91, sus socios deciden vender la empresa y él no duda en continuar en soli­tario. Crea M.Moleiro y se centra exclusivamente en la reproduc­ción de códices anteriores a los si­glos XI y XII. Actualmente dirige su propia editorial, desde donde clona originales de códices, ma­pas y obras del período compren­dido entre los siglos VIII y XVI. Sus tesoros bibliográficos, de edi­ción limitada, cubren los anaque­les de papas, reyes, banqueros, presidentes de gobierno…
“Cuando cursaba COU, estuvie­ron a punto de echarme del insti­tuto. Fue por una estupidez. Para mi castigo, era delegado de curso y avisaba a mis compañeros de cuándo llegaba el profesor… Se montaban unas batallas de tizas tremendas entre clase y clase y había que evitar que una le diera al entrar…”
Me temo lo peor…
Efectivamente, le metieron un “tizazo” en la cara y me castiga­ron por toda la tarde. Opté por largarme, me escapé por la ven­tana… Así fue como me abrieron un expediente.
¿Solicitaste amparo al direc­tor?
No hizo falta. La profesora de Biología hacía teatro con noso­tros, se la jugó por mí y… Allí con­tinué...
¿Por qué marchaste a Barce­lona?
Las alternativas que ofrecía la Universidad de Santiago eran po­cas… Quería hacer cine por enci­ma de todo y sabía que Barcelona era una de las grandes referen­cias para cursar Cinematografía.
Pero te matriculaste en Perio­dismo...
La carrera englobaba Periodis­mo, Cinematografía y Publicidad. Hasta entonces, los periodistas de la Escuela Oficial y de la Igle­sia habían obtenido el carnet por la famosa Ley de Prensa y esta­ban muy asustados ante la nueva avalancha de licenciados univer­sitarios que comenzábamos a prepararnos para cambiar una profesión basada en la fideliza­ción con el Régimen y no en el mérito profesional.
¿Tu primera impresión al lle­gar a Barcelona…?
Fue mala, aunque, afortunada­mente, se quedó en un espejismo. Al llegar a la Plaza de Cataluña pregunté por una calle… Debí de dar con el más estúpido de la ciu­dad, que se obstinaba en contes­tarme en catalán... ¡Hacerle eso a un paisano de Ourense…! Por suerte, nada más sobrepasar­lo me di cuenta de que nadie en esa ciudad compartía la estúpida obstinación.
¿Por qué abandonaste la idea del cine?
Para mí era difícil, me apreta­ban el tiempo y la escasez de re­cursos. Debía terminar la carrera cuanto antes. Además, no había voluntad de dar vía libre a profe­sionales no domesticables. Eso sí, tuve la oportunidad de hacer unos cursos en Valladolid con el padre Stelling, un jesuita que sa­bía más sobre cine que el propio Román Gubern, del que también fui alumno...
¿Te frustró no dirigir?
Pues sí. Me faltaba el dinero. Me tuve que poner a trabajar, pues fui padre muy pronto... Aho­ra sé que habría sido un estupen­do director de cine.
¿Por qué el mundo de la edi­ción?
Es una pregunta recurrente en mi vida que todavía no he sabido responder. Las cosas que pensa­mos hay que ejecutarlas antes de los treinta y cinco…
¿Venciste la enfermiza timi­dez?
¿Quién te dijo que yo soy tími­do?
El movimiento de tus manos…
Los gallegos llevamos la timi­dez en el alma, pero no hay otra que superarla… Pese a todo, hay determinados momentos en que aún me pongo nervioso…
¿Cuando vas al banco?
Afortunadamente no tengo ni un solo euro de crédito. Quizá ahí radica mi parte más gallega.
¿El secreto financiero para un “tinglado” tan importante?
El crecimiento sólo se logra a partir de los recursos propios, de lo contrario acabas trabajando sólo para los bancos.
¿El monopolio en el sector no te quitó el sueño?
Tenía asumido que la compe­tencia siempre estaría ahí.
Estoy empeñado en encontrar la definición de lo que haces…
Bienvenido al club…
¿Tu secreto?
Hacer lo que nadie hace.
¿Un invento exclusivo?
No te quepa duda...
Te puedo citar una decena de editores de códices…
Le Monde contó hace escasas semanas que lo que hacemos se aleja mucho de un facsímil, que lo nuestro hay que identificarlo con un clon. Creo que es la mejor definición.
¿Nos quedamos ahí?
Para mí es un orgullo que escri­ban sobre mi trabajo el Frankfur­ter Allgemeine Zeitung o el Herald Tribune.
¿Te estas haciendo con el cir­cuito?
Me muevo al margen de él, no me preocupa lo que digan, aun­que es una ayuda más en mi sin­gular camino. Lo agradezco, pero no lo busco.
¿Te podría calificar de “divul­gador”?
La gente podía haber oído ha­blar de El Libro de la Felicidad, de que estaba en la Biblioteca Nacio­nal de Francia y de que lo había llevado hasta allí Napoleón desde Egipto… Pero poco más… Casi na­die ha podido acceder a un libro como éste, ni siquiera verlo. Aho­ra ya es posible.
Creo que ya tengo la definición: eres un recuperador.
El que hoy se conozca que los portugueses llegaron a Australia doscientos cincuenta años antes que los ingleses se debe a que edi­té los mapas que ya en 1547 lo de­mostraban. Es algo que me llena por completo.
¿Encontraste la felicidad en lo que haces?
Lo dejamos en que me siento bien. Lograr ser el único editor español al que el Metropolitan le concede siempre permiso para acceder a sus joyas bibliográficas es tan satisfactorio… Cuando hay que clonar algo clasificado como “tesoro”, como el Breviario de Isa­bel la Católica, sólo me lo facilitan a mí…
Dicen que eres maestro en el detalle.
Es un crédito imprescindible para este negocio. Lo que no es auténtico, no sirve.
Dame un ejemplo.
La piel de encuadernar que no está curtida de modo vegetal, no se puede repujar ni grabar.
¿El cliente llega a esa sofistica­ción?
Mis libros están en El Vaticano, en la Casa Blanca, en Bucking­ham... Hace muy poco me enteré de que Lula presumía de tener El Libro de la Felicidad y de que se lo enseña orgulloso a todo el que pasa por su casa. Las Grandes Ho­ras de Ana de Bretaña es mostra­do por Sarkozy a la gente que le visita en el Elíseo…
¿El más peculiar de tus clien­tes?
Posiblemente Pasquerilla, uno de los hombres más ricos del mundo, según Forbes. Me propu­so pagarme unos libros en treinta y seis meses…
¿Y…?
Le dije que se fuera al diablo…
Me asusta lo que pueda valer uno de tus libros...
El Libro de la Felicidad, por ejemplo, es barato: unos cuatro mil cuatrocientos euros.
¡Coño con lo barato…!
Sus calidades son exquisitas, por no hablar de su interés histó­rico… Es único. Hoy no sería po­sible en el mundo islámico, pues incluye los prodigios de cinco iglesias cristianas.
¿Los de aldea podemos enten­der un libro así?
Lleva un segundo tomo expli­cativo donde Stefano Carboni, director de Pintura Oriental del Metropolitan de Nueva York, co­menta magistralmente todas y cada una de las miniaturas. Ade­más, la traducción de los textos es de Miguel Ángel de Bunes, que comprende e interpreta a la per­fección el turco clásico.
¿Te rodeas de lo mejor?
Para nuestros libros no hay presupuesto o límite. Sólo conta­mos con los mejores especialistas del mundo.
¿Por qué limitas cada obra a 987 ejemplares?
El siete es la perfección. Cuan­do le preguntan a Cristo cuántas veces debemos perdonar al her­mano, responde que setenta ve­ces siete. En siete días se hizo el mundo. Siete son los pecados ca­pitales y siete las virtudes…
Y siete los días de la semana…
Es la perfección del bien, pero también la perfección del mal. El Apocalipsis describe a la Bestia con siete cabezas. Poner el siete es siempre una razón de peso.
¿Tus hijos?
Viven de acuerdo a sus propias ideas, convencidos de ser ellos mismos. Es lo más importante para todos. Sólo viviendo tu vida consigues no ser otro.
¿Catalanes o gallegos?
Uno vive integrado en Suiza, otro se identifica con Cataluña y el tercero es completamente ga­llego. Los tres fueron educados igual, pero cada uno es diferente. Eso es grande, Beotas…
¿Y la legacía genética?
Vivimos un mundo en perma­nente cambio. La educación es la clave.
Pues en Cataluña ya no hay li­bros en los colegios…
Tú y yo no manejamos el orde­nador y la movilidad como nues­tros hijos. Estamos ante otro mundo, incierto para los de nues­tra generación, pero muy prome­tedor para nuestros hijos.
¿Y los principios?
El mayor de todos es aquel que dice: “No hagas hoy algo de lo que mañana te puedas arrepentir, no ofendas a nadie gratuitamente, evítalo”. Es muy importante para poder ir con la cabeza alta.
¿Sentiste la tentación de escri­bir
He comenzado algunos textos, pero nunca los he terminado. Ja­más me atrajo convertirme en un tipo de esos que escriben para transmitir una idea.
Me empiezas a deprimir…
Coincidí con Saramago y su mujer, ambos eran muy ama­bles, encantadores… Me percaté de que él estaba siempre al mar­gen de todo, tal vez sólo pensan­do en su obra... Esa disposición ni la tengo, ni la busco.
¿Cómo sería el libro clonado de Galicia?
Encuadernado en piel de ca­bra, con algún grabado en la más pura consonancia celta... Tendría el azul de su cielo y el rojo de su pasión. En cuanto al papel, utili­zaría el de Fabriano, aquel que usara Leonardo para sus dibu­jos…
¿No toleras…?
Tantas cosas… Por ejemplo, a quien va vendiendo pan diciendo que es de Cea y en realidad es de cualquier otra parte…
¿El pan de Cea no se clona?
El pan de Cea es sólo de Cea…
¿Conseguiste lo que te propu­siste?
Eso es una utopía. Si uno no echa en falta cosas, es que nun­ca se ha planteado lo que quiere en la vida.
¿Si volvieses a nacer…?
Resolvería lo pendiente.
¿Si la fortuna te hace millona­rio?
Seguiría trabajando igual que ahora, en los libros. Para mí lo son todo…
He buscado su definición y creo haberla encontrado. Manuel Mo­leiro es un alma libre que transita por entre las dos puntas de un ca­mino: al Norte, la salud; al Sur, la felicidad… Viaja siempre en bus­ca de ello. Va de Budapest a Bag­dad, de Omán y Túnez a la Meca y Medina, cruza el Mar Rojo pa­ra recorrer Damasco, Alejandría o El Cairo… Trata con arquitec­tos, pintores, calígrafos, joyeros, ceramistas, poetas y guardianes de tesoros de museo… Sabe bien que quien considere un libro por ser barato o caro, no es más que un atleta de la degeneración mo­derna. Su estética la marca un estilo vagamente italiano, adere­zado con un sentido del humor ligero y escéptico, con referen­cias a Ermenegildo Zegna, Ro­berto Torretta o el más atrevido de los diseñadores de Dupont. Escribe siempre con caligrafía de Mayo del 68 y con azul de es­tilográfica… Siempre sobre papel verjurado. Su ética no lleva cor­bata, su espíritu vuela por entre los secretos de lo exclusivo. Sabe como nadie que nacemos con las tres heridas del poeta de Orihue­la: la de la vida, la del amor y la de la muerte… Sí, señor, mi ami­ga Salgueiro tiene razón, Manuel le llama al pan, pan… Siempre y cuando sea de Cea, claro…

MUY PERSONAL
En la dirección.
Chaplin.
En pantalla.
‘Apocalypse Now’.
En el MP3.
Mozart.
En la admiración.
La Mona Lisa.
En la mesa.
Almejas.
En la brújula.
Iguazú.

DETALLISTA
Manuel Moleiro concibe el oficio de editor como una búsqueda de la satisfacción en la que prima el gusto por el detalle, por la obra bien hecha.

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