La catequesis de la belleza
Edición facsímil del Apocalipsis Gulbenkian
En torno al año 1270, en Inglaterra, se elaboraron tres manuscritos iluminados del Apocalipsis, de singular valor artístico. Destruido el del Lambeth Palace en la segunda guerra mundial, dos han llegado hasta nuestros días: el de Abingdon y el hoy conocido como Apocalipsis Gulbenkian, otrora perteneciente al Papa Clemente IX (1667-1669) y a la famosa biblioteca de Henry Yates Thompson. Hoy, la Fundación que lleva su nombre custodia en Lisboa este valioso libro en perfecto de estado de conservación. Manuel Moleiro Editor acaba de lanzar al mercado una edición facsímil limitada. Consta de 76 páginas y 152 miniaturas, pintadas y doradas, dispuestas sobre secciones del texto bíblico y del comentario de un abad del monasterio de San Maximino de Tréveris, del siglo XII. De él aparecen únicamente algunos párrafos, en consonancia con la nueva pedagogía teológica de las órdenes mendicantes, que pretende estimular la vía contemplativa mediante la memorización del elemento textual, reducido al tema fundamental, y por su asociación con la imagen. Entre tanto, había empezado ya la construcción de catedrales, toda una transformación estética que se va extendiendo a las otras artes.
Con el siglo XIII, la Edad Media llega a su esplendor, y ofrece su mejor producción cultural. Es un período de relativa bonanza material, en el que la idea de la unidad europea, de la Cristiandad, aparece consolidada. Empaña esta visión el crudo enfrentamiento entre el emperador Federico II y el Papa Inocencio IV, que trae consigo las primeras muestras en el continente de lo que después se llamará razón de Estado, con Francia e Inglaterra enfrentadas entre sí, ya incluidas en el juego de poder. Pero los mongoles, que han llegado a Polonia y a Hungría, y que, con el Genghis y el Kublai Kahn, están en su apogeo, plantean una dramática disyuntiva a los cristianos: mantener la unidad o desaparecer, absorbidos por Asia. Imprescindibles para ese ideal de unidad fueron, en este siglo, las órdenes mendicantes. Destacan dos figuras muy singulares: santo Domingo de Guzmán y, sobre todo, san Francisco de Asís. Además, el pensamiento europeo, síntesis de las tradiciones judeo-cristiana y greco-romana, prueba su solidez en la figura de santo Tomás de Aquino.
Es también éste el siglo de las Cruzadas, del toma y daca en Jerusalén, donde se quiere consolidar un reino franco. Finalmente, en 1244, la Cristiandad pierde para siempre Tierra Santa. Y se desencadena una fiebre milenarista como no se había conocido hasta entonces, con su apogeo en torno a 1260. La azuzaron personajes como Joaquín de Fiore y el ex dominico Arnold. Por si fuera poco, desde la numerología era posible probar que el nombre de Inocencio IV en latín equivalía a la cifra de 666. Inglaterra, en las primeras décadas del siglo, había tenido como reyes a Ricardo Corazón de León y, después de muchas intrigas, a su hermano Juan, apodado sin Tierra. Éste había contado con la oposición del Papado, a quien finalmente reconoció vasallaje, y de los nobles, a quienes terminó por conceder la Carta Magna, vista por algunos como antecedente de las modernas Constituciones. Unas décadas después, en 1258, estallaba una nueva revuelta de barones: la guerra civil. En este ambiente, relata Nigel Morgan, profesor de Historia del Arte de la Uniersidad de Cambridge, en el librillo explicativo de la edición facsímil del Apocalipsis de Gulbenkian, «este último libro de la Biblia encerraba un atractivo especial para la Inglaterra del siglo XIII. Relata en vivos términos alegóricos los combates entre el bien y el mal, la persecución de la Iglesia y sus miembros, las tentaciones del diablo y el tiránico reinado del Anticristo. Las ilustraciones acompañantes presentan gráficamente esos sucesos melodramáticos, y algunas escenas de batalla reflejan las gestas de la caballería contemporánea. Con la fantasía de sus imágenes, el Apocalipsis ilustrado suministraba, en cierto modo, a sus lectores y contempladores un equivalente teológico de la novela caballeresca profana. Su significación religiosa radica en la presentación de los grandes temas de la existencia humana en relación con Dios. El pecado y la virtud, el mal y el bien, las tentaciones del diablo en oposición a la gracia de Dios y la salvación ofrecida a la Humanidad a través del sacrificio de Cristo en la Cruz, todo ello confluye en el juicio final, y el lugar que corresponde a cada persona humana en el libro de la vida. Esas graves cuestiones se muestran acompañadas de unas imágenes que deleitaban la mirada del espectador, al tiempo que le ayudaban a comprender el sentido profundo del texto».
Esta iconografía -escribe el profesor de la Facultad de Letras de Lisboa Aires A. Nascimento- «parece transmitir también las posiciones del gobierno eclesiástico emanadas del IV Concilio Lateranense, reforzando principalmente el dominio de la jerarquía episcopal, al eliminar las influencias monásticas de tipo benedictino, pero deja entrever igualmente la presencia creciente de la Orden franciscana en los medios ingleses, así como el interés por la conversión de los judíos, factor que, al denunciar un momento difícil de convivencia e integración de la comunidad judía en la sociedad inglesa a lo largo del siglo XIII, parece haber contribuido a generar algunas tensiones y llevarla a su expulsión, decretada en 1290, a pesar de la protección establecida por el derecho canónico». La conversión de los judíos marca el mensaje escatológico en el manuscrito, en el que, sin embargo, no aparece «ninguna visión catastrófica del fin del mundo o cualquier intencionalidad persecutoria, pues ni la condena eterna se restringe a sólo una de las franjas de la sociedad (ya que, entre los condenados, figuran representantes de todos los extractos), ni la actitud del predicador trasciende la dimensión teológica o catequética».
Muy interesante en este manuscrito es la iconografía del Anticristo, presentado bajo muy diversas figuras: «mago, falso profeta, dirigente, soldado..., en una clara intención de abarcar todas las situaciones humanas que se pueden oponer a Cristo y que necesitan, por ello, redención».
Los aspectos formales del manuscrito nos remiten a «una espiritualidad que tiene en la lectura individual y en el soporte de la imagen dos recursos fundamentales para la acción ejercida por los predicadores de los nuevos tiempos». El redescubrimiento de Aristóteles en este siglo es fundamental, ya que «lleva a considerar la vista como el sentido más general en el proceso de conocimiento», y, en consonancia, «la mística da importancia al elemento sensible como apoyo para elevarse a la contemplación de las realidades espirituales o celestes». Este manuscrito sería, por tanto, una manifestación de la misma transformación cultural que estaba ya dando a luz a las primeras catedrales.
Ricardo Benjumea