Libro del caballero Zifar. Códice de París
Tal vez sea ésta la única forma correcta de leer un texto medieval ricamente caligrafiado y miniado: siguiendo una cuidadísima edición facsímil, en que la materialidad del volumen nos pone en las manos, más que un simple texto literario, una muestra excepcional de «colectivismo estético». Todas las artes concurren a conformar en él un precioso monumento de cultura. La Edad Media nos envía a través de sus páginas un mensaje artístico en que nuestros sentidos, internos y externos, deben participar como de un festín. Nuestra vista se apacienta de pintura, nuestro tacto de peregrinas palpaciones, nuestro olfato de fragancia de papel y tinta fresca. Nuestra imaginación, excitada por lecturas y contemplaciones, nos conduce al éxtasis estético a través de visiones imaginarias e intelectuales de exquisita textura. Detener nuestra atención en uno de estos facsímiles no es leer en sentido convencional. Es penetrar en un fascinante mini-museo vivo y articulado, que se nos hace epifanía de una visión de la vida y de la belleza cronológicamente pasada, pero todavía vigente gracias a signos enraizados en la esencia de nuestro espíritu.
El editor M. Moleiro,
especializado en facsímiles de códices antiguos, acaba de entregarnos el del Libro del caballero Zifar, según el
manuscrito Esp. 36 de la Bibliothèque nationale de France. El vol. I reproduce
el códice referido. El II estudia, por colaboración de eminentes especialistas
–historiadores del arte y de la cultura, arqueólogos, paleógrafos y filólogos–
todos los aspectos relativos al mismo. He tenido la oportunidad de examinarlos a
ambos y puedo atestiguar que estamos ante una obra excepcionalmente lograda.
Centrando mi atención en el volumen teórico, como corresponde al carácter de mis
reseñas, debo decir que se trata de un conjunto de trabajos programados para
explicar todos los aspectos significativos del códice y de su reproducción. No
estamos ante la yuxtaposición de investigaciones independientes, sino ante «un
libro» cuya integración ha sido preservada celosamente por el editor. Sus
propuestas han de ser analizadas como unidad. Olvidarnos sería traicionar una de
sus características más valiosas.
Sorprendentemente
certera es la «invitación a la lectura del caballero Zifar» que se nos hace en
el capítulo primero. Porque esa «invitación» no es una llamada explícita a la
lectura, sino una exposición llena de sensibilidad del conjunto de sus bellezas.
No es un consejo, sino una mostración. El argumento, generosamente sintetizado
en extensos párrafos, se interpola de pertinentes juicios críticos. La
abundancia de reproducciones gráficas de gran calidad hace del volumen una
especie de facsímil antológico del referente total que imaginamos a su lado –al
fondo, como Yahwé en la zarza llameante, el inasequible original parisinense–.
Un inteligente aparato de cifras nos remite, desde los meandros argumentales, a
las miniaturas. El libro rebosa potencia sígnica. No leemos: vemos. Imposible
explicar esta vivencia si no se experimenta
personalmente.
Como preparación a la
lectura del original, o tal vez como síntesis de lo ya leído, nos enteramos de
la maldición recaída, por un pecado «de origen», sobre el desgraciado Zifar en
el reino de Tarta (la India): ningún caballo, por excelente que sea, le vivirá
más de diez días; ello le hace caer en desgracia ante el monarca, empujándole al
destierro en compañía de su esposa, Grima, y de sus hijos, Garfín y Roboán, para
hallar en la peregrinación remedio a sus desdichas; sucédense, desde entonces,
viajes, naufragios, secuestros, separaciones, combates, amores y bodas, hasta la
«anagnórisis» y triunfo definitivos. Su fe, su buen sentido, su perseverancia en
el esfuerzo y hasta su humor acaban por salvarlo a él y a su familia. Multitud
de elementos de diversa procedencia se amalgaman en este marco narrativo, que
logran, sin embargo, indudable coherencia. El libro ha de degustarse, pues, como
un precioso licor: con atención y calma, a pequeños sorbos, distinguiendo
matices, buscando el máximo placer en la máxima
«inteligencia».
El análisis técnico de
la obra y del manuscrito se hace con rigor y sobriedad. Por él nos enteramos de
que el texto se redacta antes de 1350 y después de 1321, espectro temporal no
muy preciso, pero honesto y al margen de hipótesis indemostrables. Su autor
debió de ser un miembro de la nobleza hidalga castellana, quién sabe si Ferrán
Martínez. La temática –función pública de la realeza, derechos y deberes del
vasallaje, exaltación de la caballería, etcétera– es la propia de la época. Las
fuentes, de acuerdo con Ch. Ph. Wagner (1903), K. A. Blüher y F. J. Hernández,
muy variadas, predominando las hagiográficas medievales, sobre todo la vida de
San Eustaquio, con reminiscencias de San Brandán y San Amaro, más relatos
folclóricos, etcétera. Bien la calificación genérica, que no lo configura como
un estricto libro de caballerías, sino como una literatura fictiva con elementos
caballerescos y finalidad ejemplar. Muy fino el estudio de las técnicas
narrativas, manuscritos y ediciones antiguos. Ilustrativa y curiosa la
investigación sobre el alcance arqueológico del códice, que, en sus miniaturas,
nos permite conocer las modas indumentarias de aquel tiempo –trajes, tocados,
calzados, adornos–, las ciudades amuralladas, tiendas de campaña, mobiliario,
armas, etcétera. Ello asemeja el Zifar a las Cántigas de Santa María (1270-1282) del
Rey Sabio.
Especial interés ha
tenido para mí el estudio de las miniaturas en su aspecto puramente pictórico.
En él se nos informa, con impecable apoyatura erudita, de la escasez de
manuscritos iluminados no devocionales en la Castilla anterior a los Reyes
Católicos, de la superioridad artística de los hechos en Francia, la influencia
flamenca, la colaboración de cinco miniaturistas principales, el protagonismo
del taller de los hermanos Carrión, posibles vínculos con la pintura de Jorge
Inglés, riqueza de escenas, correspondencia entre texto e imagen, novedad
icónica, etcétera. A partir de aquí, los aspectos plásticos del libro revelan su
inmenso arsenal de claves y secretos. A vueltas de centenares de escenas,
comprobamos el convencionalismo manierista de los paisajes, el estatismo de las
figuras, su simbología llena de claroscuros, el ritualismo con que todo se
dispone, y el sentido de la multiplicidad de los detalles en el
conjunto.