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Libro del caballero Zifar. Códice de París


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F. Rico (ed.) y R. Ramos (coord.) M. Moleiro. Barcelona, 1996. 330 páginas

Tal vez sea ésta la única forma correcta de leer un texto medieval ricamente caligrafiado y miniado: siguiendo una cuidadísima edición facsímil, en que la materialidad del volumen nos pone en las manos, más que un simple texto literario, una muestra excepcional de «colectivismo estético». Todas las artes concurren a conformar en él un precioso monumento de cultura. La Edad Media nos envía a través de sus páginas un mensaje artístico en que nuestros sentidos, internos y externos, deben participar como de un festín. Nuestra vista se apacienta de pintura, nuestro tacto de peregrinas palpaciones, nuestro olfato de fragancia de papel y tinta fresca. Nuestra imaginación, excitada por lecturas y contemplaciones, nos conduce al éxtasis estético a través de visiones imaginarias e intelectuales de exquisita textura. Detener nuestra atención en uno de estos facsímiles no es leer en sentido convencional. Es penetrar en un fascinante mini-museo vivo y articulado, que se nos hace epifanía de una visión de la vida y de la belleza cronológicamente pasada, pero todavía vigente gracias a signos enraizados en la esencia de nuestro espíritu.

 

El editor M. Moleiro, especializado en facsímiles de códices antiguos, acaba de entregarnos el del Libro del caballero Zifar, según el manuscrito Esp. 36 de la Bibliothèque nationale de France. El vol. I reproduce el códice referido. El II estudia, por colaboración de eminentes especialistas –historiadores del arte y de la cultura, arqueólogos, paleógrafos y filólogos– todos los aspectos relativos al mismo. He tenido la oportunidad de examinarlos a ambos y puedo atestiguar que estamos ante una obra excepcionalmente lograda. Centrando mi atención en el volumen teórico, como corresponde al carácter de mis reseñas, debo decir que se trata de un conjunto de trabajos programados para explicar todos los aspectos significativos del códice y de su reproducción. No estamos ante la yuxtaposición de investigaciones independientes, sino ante «un libro» cuya integración ha sido preservada celosamente por el editor. Sus propuestas han de ser analizadas como unidad. Olvidarnos sería traicionar una de sus características más valiosas.

 

Sorprendentemente certera es la «invitación a la lectura del caballero Zifar» que se nos hace en el capítulo primero. Porque esa «invitación» no es una llamada explícita a la lectura, sino una exposición llena de sensibilidad del conjunto de sus bellezas. No es un consejo, sino una mostración. El argumento, generosamente sintetizado en extensos párrafos, se interpola de pertinentes juicios críticos. La abundancia de reproducciones gráficas de gran calidad hace del volumen una especie de facsímil antológico del referente total que imaginamos a su lado –al fondo, como Yahwé en la zarza llameante, el inasequible original parisinense–. Un inteligente aparato de cifras nos remite, desde los meandros argumentales, a las miniaturas. El libro rebosa potencia sígnica. No leemos: vemos. Imposible explicar esta vivencia si no se experimenta personalmente.

 

Como preparación a la lectura del original, o tal vez como síntesis de lo ya leído, nos enteramos de la maldición recaída, por un pecado «de origen», sobre el desgraciado Zifar en el reino de Tarta (la India): ningún caballo, por excelente que sea, le vivirá más de diez días; ello le hace caer en desgracia ante el monarca, empujándole al destierro en compañía de su esposa, Grima, y de sus hijos, Garfín y Roboán, para hallar en la peregrinación remedio a sus desdichas; sucédense, desde entonces, viajes, naufragios, secuestros, separaciones, combates, amores y bodas, hasta la «anagnórisis» y triunfo definitivos. Su fe, su buen sentido, su perseverancia en el esfuerzo y hasta su humor acaban por salvarlo a él y a su familia. Multitud de elementos de diversa procedencia se amalgaman en este marco narrativo, que logran, sin embargo, indudable coherencia. El libro ha de degustarse, pues, como un precioso licor: con atención y calma, a pequeños sorbos, distinguiendo matices, buscando el máximo placer en la máxima «inteligencia».

 

El análisis técnico de la obra y del manuscrito se hace con rigor y sobriedad. Por él nos enteramos de que el texto se redacta antes de 1350 y después de 1321, espectro temporal no muy preciso, pero honesto y al margen de hipótesis indemostrables. Su autor debió de ser un miembro de la nobleza hidalga castellana, quién sabe si Ferrán Martínez. La temática –función pública de la realeza, derechos y deberes del vasallaje, exaltación de la caballería, etcétera– es la propia de la época. Las fuentes, de acuerdo con Ch. Ph. Wagner (1903), K. A. Blüher y F. J. Hernández, muy variadas, predominando las hagiográficas medievales, sobre todo la vida de San Eustaquio, con reminiscencias de San Brandán y San Amaro, más relatos folclóricos, etcétera. Bien la calificación genérica, que no lo configura como un estricto libro de caballerías, sino como una literatura fictiva con elementos caballerescos y finalidad ejemplar. Muy fino el estudio de las técnicas narrativas, manuscritos y ediciones antiguos. Ilustrativa y curiosa la investigación sobre el alcance arqueológico del códice, que, en sus miniaturas, nos permite conocer las modas indumentarias de aquel tiempo –trajes, tocados, calzados, adornos–, las ciudades amuralladas, tiendas de campaña, mobiliario, armas, etcétera. Ello asemeja el Zifar a las Cántigas de Santa María (1270-1282) del Rey Sabio.

 

Especial interés ha tenido para mí el estudio de las miniaturas en su aspecto puramente pictórico. En él se nos informa, con impecable apoyatura erudita, de la escasez de manuscritos iluminados no devocionales en la Castilla anterior a los Reyes Católicos, de la superioridad artística de los hechos en Francia, la influencia flamenca, la colaboración de cinco miniaturistas principales, el protagonismo del taller de los hermanos Carrión, posibles vínculos con la pintura de Jorge Inglés, riqueza de escenas, correspondencia entre texto e imagen, novedad icónica, etcétera. A partir de aquí, los aspectos plásticos del libro revelan su inmenso arsenal de claves y secretos. A vueltas de centenares de escenas, comprobamos el convencionalismo manierista de los paisajes, el estatismo de las figuras, su simbología llena de claroscuros, el ritualismo con que todo se dispone, y el sentido de la multiplicidad de los detalles en el conjunto.

 

Pero hay una cosa que me ha impresionado sobre todo: los rostros de los personajes, buenos y malos, nobles y plebeyos, glorificados o purgantes. Todos muestran una plácida faz como si nada les afectara, o mejor, como si lo aceptaran todo, sabedores de que ellos no son sino piezas de un inmenso ajedrez en que cada uno juega su papel y en él se realiza. Lo mismo da ser rey que lacayo, Zifar triunfante que rey de Éfeso lapidado. Un gesto de impasible conformidad los unifica. La Edad Media europea es esencialmente teocéntrica y confía en un Dios ordenador. Importa aceptar el destino personal sea cual sea, que nunca se ve como hado caprichoso, sino como sapiente Providencia. La rebelión luciferina, propia del inicio de la creación como de hoy, ha cedido su puesto por un momento a la obediencia religiosa. La impasibilidad de estos rostros traduce el amén del hombre ante unas decisiones divinas que se acatan como justas y sabias.

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