Ellas en el Arte


El libro “Mujeres. Mitologías”, de la editorial gallega Moleiro, ofrece la posibilidad de recorrer la presencia de la mujer en las manifestaciones artísticas desde la prehistoria a nuestros días
 
FRANCISCO R. PASTORIZA

La mujer ha estado presente en el Arte desde sus orígenes prehistóricos. Ha protagonizado las escenas de la pintura y la escultura pero también ha inspirado a los artistas. “Yo soy una mujer, todo artista es una mujer”, le dijo Pablo Picasso a Geneviève Laporte en “Un amor secreto de Picasso”. De las figurillas prehistóricas y los ídolos fenicios o mesopotámicos a las mujeres representadas en nuestra época por Grosz, Modigliani, Matisse y Picasso, muchas mujeres, en todos sus estados, han protagonizado en el arte todos los relatos, los mitos y las figuraciones a que dieron lugar. Como en la literatura o el folclore, también en el arte se representa un discurso sobre la mujer que es el de la ideología dominante. Un libro reciente, “Mujeres. Mitologías” (Ed. Moleiro), en el que se recogen textos de varios autores, ilustrado con excelentes fotografías de Erich Lessing con reproducciones del arte de todas las épocas, ofrece la posibilidad de recorrer esta presencia de la mujer desde la prehistoria a nuestros días.
 
De la prehistoria europea nos han quedado las vasijas antropomorfas en forma de mujer del Neolítico, del año 6000 a.C., las figuritas de mujeres sentadas del 5.000 a.C. halladas en Rumanía, las famosas Venus del Cuerno y Venus de Grimaldi (embarazada) del periodo gravetiense o la Mujer acostada de Malta (3.000 a.C.). La fecundidad, fuente de la vida, representada por las “diosas madres” del neolítico revela la dedicación al culto a la mujer entre los humanos de este periodo. Una tesis muy divulgada revela la existencia de una sociedad primordial gobernada por mujeres, que se habría convertido en patriarcal con el desarrollo de la violencia y la guerra, momento en el que aparecen figurillas de hombres armados. El dios de los pueblos neolíticos es una diosa, la Venus de Munhata (5.000 a.C). Entre los hallazgos más sorprendentes de este largo periodo destaca la Venus de Willendorf, de enormes caderas y manos minúsculas, ligera y desenvuelta al mismo tiempo que inamovible, a la que se le rendirían cultos fascinantes seguramente relacionados con la muerte. Asociada también a Venus está Astarté, la Istar babilónica y asiria, en múltiples actitudes, de las que sobresale aquella en la que se la representa sujetándose los senos con las manos, un gesto muy repetido en las mujeres del arte más antiguo, hallada en Palestina (1000-600 a.C.).
 
En el oriente antiguo se desarrolló un arte que respondía a la diversidad geográfica de esta zona. Hay estatuas femeninas de mujeres sirias, mesopotámicas, anatolias, jordanas, iraníes… que unas veces son muñecas, otras instrumentos de magia o recuerdos para enterrar en sepulcros junto a sus dueños. Las primeras figuritas femeninas de esta zona aparecieron en Anatolia. Son del año 8.000 a.C. y representan a mujeres embarazadas, algunas de ojos magnéticos, temibles. Diosas desnudas, como las Astarté de Palestina (1.000 a.C.), diosas del amor, con adornos de bronce y oro de Babilonia (siglo III a.C.), representadas a veces únicamente en esencia: cabeza, senos, ombligo, sexo. Se han encontrado también placas de molde con motivos eróticos, seguramente una llamada a la fecundidad. Porque para el hombre aquí la mujer representa la posteridad, que se manifiesta en el hecho de tener hijos. Por eso se privilegia la función maternal. También es por eso que el amor físico es representado con total libertad.
 
En el Egipto de los faraones el busto de Nefertiti es suficiente por sí solo para apreciar la importancia de la mujer en el arte de esta civilización milenaria, presente también en los jeroglíficos y en las pinturas. Aquí la mujer se la representa como casta y púdica, y el acto físico, aunque presente, está velado. Son frecuentes las mujeres acompañadas de un niño. Para el hombre egipcio la mujer es la amante y la madre. Sin embargo, la figura de la mujer es utilizada también para destacar la importancia de las hazañas bélicas: Tebas victoriosa está representada por la figura de una mujer con arco, flechas y lanza. Una diosa armada que representa también la furia femenina.
 
En la antigüedad clásica fueron la mitología y la religión las que proporcionaron los modelos más repetidos por los artistas. Atenea, Artemisa y Afrodita fueron esculpidas por Praxíteles y Fidias y los modelos creados por estos artistas fueron reproducidos a lo largo de la historia por los mejores pintores y escultores de cada momento. En la Grecia antigua la mujer siempre estaba a la sombra, a veces esclavizada. En cerámicas de Atenas se representan azafatas, prostitutas y cortesanas refinadas, mientras que en la civilización etrusca la mujer compartía en igualdad los derechos y dignidades del hombre, y se las representa asociadas a los negocios y a las diversiones de los hombres en la vida y en la muerte, como revelan las imágenes del sarcófago de Cerveteri, cuya tapa está adornada con las efigies de los esposos en una relación de igualdad. La mujer romana no era tan libre, aunque hay representaciones que la muestran como una matrona independiente y orgullosa, en curos (desnudos) y en corés (con vestidos y adornos). A final del Imperio las matronas se fueron emancipando hasta el punto de llegar a poder repudiar a sus maridos. La representación de la mujer en el arte romano tomó sus modelos del arte griego en escenas eróticas, dionisíacas y mitológicas. Los artistas romanos sólo añadieron nuevas expresiones a las caras y unos peinados más artísticos. En ambas civilizaciones, en un mundo asolado por la guerra, se multiplican las imágenes femeninas: Afroditas, Amazonas, Eurídices… y también aquí la victoria tiene forma de mujer (La Victoria de Samotracia).
 
En la Edad Media la imagen física de la mujer apenas importa. Es su actitud moral lo que preocupa a los artistas. El cuerpo, virilizado, desempeña un papel pasivo, siguiendo las revelaciones del Génesis de que la mujer fue creada después del hombre, y no de una imagen de arcilla, como él, sino de una de sus costillas. La Biblia proporcionó los principales modelos, desde la Eva primigenia a la María que originó toda la multitud de vírgenes y madonas que multiplicaron la iconografía mariana y las repetidas escenas de la Encarnación, la Asunción y la Ascensión. Son pocas, sin embargo, las mujeres del Nuevo Testamento, aunque muy representadas: además de María, apenas su madre Ana y María Magdalena. La misoginia de los Padres de la Iglesia y la corriente antifeminista de la cultura monástica, reforzada por el modelo de Eva como incitadora del pecado original, no permitían una representación de la mujer en el arte con la libertad con la que se había expuesto en épocas anteriores. Más tarde la presencia de la mujer se expande en forma de santas, reinas, princesas, cortesanas, sirvientas, monjas, brujas… incluso prostitutas.
 
Es en el Renacimiento cuando la figura de la mujer se transforma, se hace más carnal y seductora a través de una representación voluptuosa de los volúmenes. La iconografía hagiográfica se transforma en profana. La desnudez se justifica por motivos religiosos: “tal como la hizo el Creador”. Eva se paganiza y Venus irrumpe como un ser seductor que encarna el amor y la belleza. El cuerpo femenino es la belleza sublime y erótica. Lo bello es lo bueno y lo feo se percibe como malo y diabólico. Además de Eva y Venus, un plantel de mujeres ocupan los temas centrales del arte: Betsabé, Judit, Susana, Catalina, María Magdalena… Una larga serie de grandes obras de la pintura y la escultura resaltan estos valores de la belleza femenina: “Venus dormida” (Giorgione, 1510), “La ninfa y el pastor” (Tiziano, 1570), “El baño de Susana”(Tintoretto, 1560), “La Noche” (Miguel Ángel), “Los amantes” (Giulio Romano, 1524), “La fiesta de Venus” (Rubens, 1635)… que van a influir en los artistas de épocas muy posteriores: Goya (“La maja desnuda”, 1803), Manet (“Olympia”, 1863), Ingress (“El baño turco”, 1859), “Delacroix (“La muerte de Sardanápalo”, 1827), “Las dos amigas” (Gustave Courbet, 1867), los impresionistas… y en el siglo XX no hay más que asomarse a las obras de Gustav Klimt, George Grosz, Modigliani, Matisse, Picasso… para percibir la influencia que los artistas del Renacimiento han tenido en la visualización de la mujer en el arte contemporáneo.

 

Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios mediante el análisis de sus hábitos de navegación. Si continúa navegando, consideramos que acepta su uso. Saber más x