Libro de Horas de Enrique VIII

Libro de Horas de Enrique VIII San Jerónimo penitente, f. 170r

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San Jerónimo penitente, f. 170r

La posición de san Jerónimo al comienzo de los sufragios en el Libro de horas de Enrique VIII es insólita. Jerónimo es uno de los Padres de la Iglesia, y en este caso su ubicación sin duda guarda relación con san Gregorio Magno, cuyas Siete Oraciones son la devoción precedente. Aparte de eso, la oración a san Jerónimo, como se aprecia en la traducción siguiente, resalta su condición de maestro más que la de penitente.
 
Antífona. Le compararé a un hombre prudente, que edificó su casa sobre la roca.
Versículo. El Señor condujo al justo por caminos rectos.
Respuesta. Y le mostró el reino de Dios.
Oración. Oh Dios, que te dignaste dar a tu Iglesia al bienaventurado Jerónimo, confesor y doctor eminente en la exposición de las Sagradas Escrituras, concédenos, te rogamos, que por sus méritos alcancemos a practicar de palabra y obra lo que él nos enseñó. Por Nuestro Señor Jesucristo tu Hijo, que contigo vive y reina en la unidad del Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.
 
Ya que la imagen adjunta de Jerónimo penitente es una miniatura a página entera, mientras que todas las demás son a media página con orlas historiadas, sirve ésta como frontispicio para la sección. La inusual colocación de Jerónimo a la cabeza de los sufragios parece indicar que este santo poseía un significado especial para el comitente. En esa época la devoción a san Jerónimo y sus imágenes haciendo penitencia adquirieron una popularidad cada vez mayor: en la década de 1510, por ejemplo, se insertó una imagen similar, obra del Maestro de Claudia de Francia, en las Horas de María de Inglaterra de Poyer, probablemente por deseo del rey Luis XII cuando hizo remodelar ese libro para la que sería su última esposa.
San Jerónimo, un Padre de la Iglesia del siglo IV, es famoso ante todo como traductor de la Biblia al latín. Peregrino en Tierra Santa, decidió hacer vida de ermitaño en el desierto de Siria. Le atormentaban las tentaciones, en forma de visiones de doncellas danzantes. Como se ve en la miniatura, el santo, para evitar el pecado, se internó más en el desierto (sugerido en la miniatura por el paisaje lejano) y allí se arrojaba a las zarzas y se golpeaba el pecho con una piedra delante del crucifijo (medida profiláctica facilitada por el cilicio abierto en el pecho). Hay otros atributos diseminados a su alrededor: el capelo y el manto de cardenal (una dignidad  que no existía en tiempos de Jerónimo), y el león a quien había extraído una dolorosa espina de una pata. (Fiesta el 30 de septiembre.)

Roger S. Wieck.
Conservador, Manuscritos de la Edad Media y el Renacimiento
The Morgan Library & Museum


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