Atlas Miller

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Mediterráneo

La carta de la región mediterránea es nítidamente copia de un portulano o carta de navegar. Ese carácter se comprueba tanto por la presencia de líneas de rumbo, común, por otra parte, a todas las cartas regionales del atlas, como por la ausencia total de topónimos en el interior de las tierras, con excepción del nombre de las grandes regiones, escrito en mayúsculas. Las pocas ciudades no marítimas que ahí figuran, como Lisboa, Sevilla, Burdeos, Roma, Pisa, El Cairo, etc., son puertos fluviales. Basta poner como ejemplo el caso de Portugal: la carta registra Caminha, Viana, Fão, Vila do Conde, Matosinhos, Porto, Cabedelo, Felgueira, Abeiro (Aveiro), Buarcos, el río Mondego, Paredes, Selir (Salir), las Berlengas, el Cabo Carvoeiro, Atouguia , la Maçãs, el Cabo Roca, Lisboa, Almada, el Cabo d’Espichel, Setúvel (Setúbal), Troia, el Cabo S. Vicente, Lagos, Albufeira, Tavila (Tavira) y el Odiana (Guadiana); pero no menciona Coimbra, ni Évora, ni Santarém. Al contrario de lo que ocurre en las demás cartas, no sólo las ciudades interiores son olvidadas, sino que incluso falta el propio trazado de los ríos, al menos en Europa: sólo el bajo curso del Danubio y del Dnieper, y un trozo del Don aparecen representados, reduciéndose los demás a la sugestión del estuario.
De acuerdo con el mismo hábito de la cartografía náutica, se registra toponimia detallada en las costas occidentales del mar Caspio, designado, a la manera clásica, Hyrcanius Mare (mal latín por Hyrcanium Mare), a pesar de ser mal conocidas en el Occidente europeo. Los raros topónimos que allí conseguimos identificar –flumen Cur, el río Kur o Kura (o Corus, Cyrus, o Cyrnus de la Antigüedad), que desemboca a 39º 28’ N, 49º 19’ E; Bacu, o sea Baku, a 40º 22’N, 49º 46’ E; Xamax, sin duda Khachmas, un poco al sur de Derbent (42º 5’ N, 48º 8’ E)– son modernos y no tolemaicos.
Otro rasgo típico de los portulanos es el dibujo del Mediterráneo con base en el norte magnético en vez del norte geográfico, a lo que hemos aludido ya. La distorsión del Mediterráneo que de eso resulta, plantea una dificultad al ajustarlo con el mar Rojo, dificultad que los cartógrafos resuelven de dos maneras: o prolongando el mar Rojo, o exagerando la anchura del istmo de Suez. Esta última es la solución adoptada por el planisferio de Cantino, tal vez con base en las confusas informaciones traídas de Oriente por la flota de Vasco da Gama, según las cuales tardaría tres meses el viaje de las caravanas que llevaban la especiería del puerto del mar Rojo, donde era desembarcada, a El Cairo o a Alejandría. No sabemos cómo habrán resuelto el problema nuestros cartógrafos, pues ha desaparecido la carta de África, la única en la que aparecería entera la representación del mar Rojo. En ésta sólo aparece una pequeña franja, en la que se nota la representación incorrecta de la península del Sinaí, delimitada sólo por una pequeña excrescencia del mar hacia oriente, que sin duda pretende representar el golfo de Aqaba. Eso se explica, al menos en parte, por el hecho, atestiguado por numerosos testimonios, de que desde la época de las Cruzadas los musulmanes no dejaban pasar a ningún cristiano al mar Rojo, cuya zona septentrional no sería visitada por las flotas portuguesas hasta 1541, en la expedición de Estêvão da Gama, pues las de Afonso de Albuquerque (1513) y Lopo Soares de Albergaria (1517) no rebasaron Jedda (Djeddah, puerto que sirve a La Meca, 21º 38’ N, 39º 17’ E). De todos modos, el dibujo de un monte coronado por las dos Tablas de la Ley y una banderola en la que se consigue leer Sinai Mons no deja lugar a dudas.
El trazado de todas las costas de la faja mediterránea es, como tuvimos ya ocasión de señalar, bastante perfecto. Donde se notan distorsiones es en las regiones que los cristianos occidentales no frecuentaban o donde no se practicaba aún la navegación por brújula: por una parte, el mar Rojo, el Caspio y el golfo Pérsico, por otro lado el Báltico. La deformación del Báltico se nota mejor en la carta del Norte de Europa, pero es perceptible también en ésta, especialmente en el trazado de Dinamarca. En cuanto al mar Caspio, su dibujo parece representar un compromiso entre la cartografía tolemaica, que lo representaba más extenso en el sentido de longitud que en el de latitud, y cierto conocimiento experimental, que permite, no sólo la inserción de topónimos modernos en su costa occidental e incluso un poco más allá del delta del Volga, sino también un esbozo de representación de las penínsulas de Apsheron (40º 16’ N, 50º 27’ E), en la banda occidental y de Mangyshlak (c. 44º N, 42º E) en la oriental. Aparte de eso, la principal incorrección de nuestro mapa es el trazado del Éufrates, demasiado desplazado al este, y, sobre todo, la representación del Tigris como delta del Éufrates en vez de río independiente.


Luís Filipe Thomaz
Director del Instituto de Estudios Orientales de la Universidad Católica Portuguesa
(Fragmento del libro de estudio Atlas Miller)

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