Cipango, la actual Japón, era una isla muy extensa. Sus habitantes eran independientes e idólatras. Estaba tan alejada de la costa que apenas llegaban comerciantes; es por eso que abundaban el oro, las perlas de tonos rojizos y las piedras preciosas.
Kublai Khan no tardó en percatarse de la valía de la isla y, decidido a conquistar estas tierras, envió una gran flota al mando de dos de sus generales. Desde el inicio, la expedición estuvo marcada por la desconfianza: ambos hombres se detestaban. A su llegada, el kitakaze comenzó a soplar con violencia y, al negarse los dos generales a colaborar entre sí, el viaje se tornó en desastre. En el intento de huida, las naves chocaron entre sí y muchas acabaron hundidas o a la deriva.
Treinta mil hombres lograron sobrevivir al naufragio y alcanzaron un islote cercano. Desde allí observaron cómo otros se alejaban, dándolos por muertos.
Sin alimento ni esperanza, aquellos que se salvaron, pero fueron dados por muertos, permanecieron en el islote. Los habitantes de Sapangu esperaron a que el mar se calmara y acudieron para apresar a los supervivientes. Sin embargo, descuidaron sus propios navíos y los naufragados aprovecharon el momento para apoderarse de ellos y salir a toda prisa hacia la isla grande. Al llegar, al ser confundidos con el ejército local, les abrieron las puertas sin dudarlo. En ausencia de los hombres, tomaron la ciudad, expulsaron a los ancianos y se quedaron con sus mujeres para servirles.
Los hombres del Gran Khan resistieron en la ciudad siete meses, pero sin provisiones, sin poder avisar al Gran Khan y asediados por los habitantes de la isla, tuvieron que pactar para sobrevivir. Se rindieron, y así fue como permanecieron de por vida en esa isla.
Por otro lado, Kublai Khan mandó condenar a muerte a los dos varones por su discordia: a uno le cortaron la cabeza y el otro fue condenado a morir lentamente en una isla desierta, privado de sus manos para que no pudiera valerse por sí mismo.