De la fuerza y de la valentía de una de las hijas de Qaidu
Qaidu tenía una hija llamada Agiaint, que en lengua tártara significa "Luna Brillante". Era tan bella y tenía tanta fuerza y coraje, que ningún hombre en el reino de su padre podía vencerla; les ganaba a todos. Su padre intentó casarla en varias ocasiones, pero ella se negaba: solo tomaría por esposo a aquel que lograse derrotarla en combate. El rey accedió a su deseo y le otorgó el privilegio de casarse con quien le placiera y cuando ella lo decidiera. Ciertamente, la hija de Qaidu era tan fuerte y corpulenta y tenía los miembros tan bien formados, que se asemejaba a una gigante. La princesa mandó anunciar por todas partes que vinieran los hombres a medirse con ella. Si salía victoriosa del duelo, ganaría cien caballos al vencido; si perdía, se casaría con el vencedor. Varios hijos de hidalgos habían acudido a probar sus fuerzas, y ella les había ganado más de diez mil caballos.
En el año de 1280 llegó a aquel reino un noble doncel, hijo de un rey rico y poderoso. Era bravo y fuerte, y habiendo oído hablar de la prueba de la doncella, venía a medirse con ella para vencerla y tomarla por esposa. Aquel era su más preciado anhelo, pues la hallaba de una belleza y distinción sin par. Él también era joven, apuesto, valiente y fuerte; en el reino de su padre no había hallado a nadie capaz de oponerse a él por la fuerza. Acudió al palacio lleno de coraje y traía consigo mil caballos, de modo que, si la princesa ganaba, ganaría mil caballos de una sola vez, lo cual no era escaso botín. Sin embargo, el joven se presentaba a la lucha con la mayor de las confianzas y estaba convencido de que la rendiría al primer envite. Qaidu y la reina, su esposa, suplicaron en secreto a su hija que se dejase vencer por el joven, pues habrían sido muy felices de verlo convertido en el esposo de la doncella, por ser un noble e hijo de rey. La muchacha se negó rotundamente: de ningún modo se dejaría vencer por complacencia, pero si el príncipe lograba ganarle en la lucha, consentiría en casarse con él - según lo estipulado y no de ninguna otra manera.
Llegado el día señalado, todos se reunieron en el palacio de Qaidu, con el rey y la reina al frente, para presenciar el combate. Apareció primero la doncella, ataviada con una ajustada cota de seda fina, y luego el muchacho, vestido con cota de cendal. Era un espectáculo soberbio. Empezaron el combate enzarzándose cuerpo a cuerpo y forcejeando de un lado a otro, y pasó mucho tiempo antes de que uno pudiese tener ventaja sobre el otro; pero finalmente, la princesa lo derribó por tierra con gran valentía. Lleno de vergüenza y de rabia, el joven se marchó tan rápido como pudo con toda su compañía - avergonzado por haber sido vencido por una mujer, él, que nunca había encontrado un varón que lo igualase en fuerza - y regresó a los dominios de su padre. Le dejó también los mil caballos que consigo traía. Qaidu y la reina, su esposa, quedaron de ello muy contrariados, pues deseaban la victoria del doncel y que tomase a su hija por esposa. Así es como le ocurrió esta mala aventura.
Desde entonces, Qaidu no acudía a hecho de armas alguno sin su hija. Y la llevaba de buen grado consigo, pues entre sus caballeros no había guerrero capaz de realizar proezas semejantes. Acometía a las huestes enemigas y cogía a los hombres como si de aves se tratase y los llevaba ante su padre. Y tal cosa sucedía con frecuencia.
De la fuerza y de la valentía de una de las hijas de Qaidu
Qaidu tenía una hija llamada Agiaint, que en lengua tártara significa "Luna Brillante". Era tan bella y tenía tanta fuerza y coraje, que ningún hombre en el reino de su padre podía vencerla; les ganaba a todos. Su padre intentó casarla en varias ocasiones, pero ella se negaba: solo tomaría por esposo a aquel que lograse derrotarla en combate. El rey accedió a su deseo y le otorgó el privilegio de casarse con quien le placiera y cuando ella lo decidiera. Ciertamente, la hija de Qaidu era tan fuerte y corpulenta y tenía los miembros tan bien formados, que se asemejaba a una gigante. La princesa mandó anunciar por todas partes que vinieran los hombres a medirse con ella. Si salía victoriosa del duelo, ganaría cien caballos al vencido; si perdía, se casaría con el vencedor. Varios hijos de hidalgos habían acudido a probar sus fuerzas, y ella les había ganado más de diez mil caballos.
En el año de 1280 llegó a aquel reino un noble doncel, hijo de un rey rico y poderoso. Era bravo y fuerte, y habiendo oído hablar de la prueba de la doncella, venía a medirse con ella para vencerla y tomarla por esposa. Aquel era su más preciado anhelo, pues la hallaba de una belleza y distinción sin par. Él también era joven, apuesto, valiente y fuerte; en el reino de su padre no había hallado a nadie capaz de oponerse a él por la fuerza. Acudió al palacio lleno de coraje y traía consigo mil caballos, de modo que, si la princesa ganaba, ganaría mil caballos de una sola vez, lo cual no era escaso botín. Sin embargo, el joven se presentaba a la lucha con la mayor de las confianzas y estaba convencido de que la rendiría al primer envite. Qaidu y la reina, su esposa, suplicaron en secreto a su hija que se dejase vencer por el joven, pues habrían sido muy felices de verlo convertido en el esposo de la doncella, por ser un noble e hijo de rey. La muchacha se negó rotundamente: de ningún modo se dejaría vencer por complacencia, pero si el príncipe lograba ganarle en la lucha, consentiría en casarse con él - según lo estipulado y no de ninguna otra manera.
Llegado el día señalado, todos se reunieron en el palacio de Qaidu, con el rey y la reina al frente, para presenciar el combate. Apareció primero la doncella, ataviada con una ajustada cota de seda fina, y luego el muchacho, vestido con cota de cendal. Era un espectáculo soberbio. Empezaron el combate enzarzándose cuerpo a cuerpo y forcejeando de un lado a otro, y pasó mucho tiempo antes de que uno pudiese tener ventaja sobre el otro; pero finalmente, la princesa lo derribó por tierra con gran valentía. Lleno de vergüenza y de rabia, el joven se marchó tan rápido como pudo con toda su compañía - avergonzado por haber sido vencido por una mujer, él, que nunca había encontrado un varón que lo igualase en fuerza - y regresó a los dominios de su padre. Le dejó también los mil caballos que consigo traía. Qaidu y la reina, su esposa, quedaron de ello muy contrariados, pues deseaban la victoria del doncel y que tomase a su hija por esposa. Así es como le ocurrió esta mala aventura.
Desde entonces, Qaidu no acudía a hecho de armas alguno sin su hija. Y la llevaba de buen grado consigo, pues entre sus caballeros no había guerrero capaz de realizar proezas semejantes. Acometía a las huestes enemigas y cogía a los hombres como si de aves se tratase y los llevaba ante su padre. Y tal cosa sucedía con frecuencia.