De Bagdad, la gran ciudad, y de su conquista
Bagdad es una ciudad muy grande; allí residía el Califa de todos los sarracenos del mundo, del mismo modo que en Roma se encuentra la sede del Papa de los cristianos. Por el medio de la ciudad pasa un gran río, el Tigris, por el cual en dieciocho días se puede llegar hasta el Mar de la India. Por allí van y vienen los mercaderes con sus mercancías, pasando por Basora hasta llegar a Kish.
Sabed que, en el año 1255, Hulagu, señor de los tártaros y hermano del Gran Kan, reunió a una multitud de gentes y marchó sobre Bagdad para tomarla por la fuerza. Fue una gran empresa, pues había en la ciudad más de cien mil jinetes para defenderla.
Cuando Hulagu hubo tomado la ciudad, encontró en ella una torre del Califa que estaba colmada de oro, plata y piedras preciosas, en tal cantidad como jamás se había visto en un solo lugar. Hulagu mandó llamar al Califa y le preguntó:
- Califa, ¿por qué has amasado tantas riquezas? ¿Por qué, sabiendo que yo venía contra ti, no usaste este oro para dárselo a caballeros y soldados a fin de que defendieran tu ciudad?
El Califa no respondió nada. Entonces Hulagu añadió:
- Califa, puesto que veo que tantas amas tu tesoro, quiero que de él te alimentes.
Lo mandó encerrar en aquella torre y ordenó que no se le diera ni de comer ni de beber. «Aliméntate ahora de aquello que tanto has amado, pues no probarás otra cosa», le dijo. Y allí murió el Califa al cabo de cuatro días. A buen seguro, más le hubiera valido repartir su tesoro entre los hombres que guardaran su tierra y a su pueblo.
De Bagdad, la gran ciudad, y de su conquista
Bagdad es una ciudad muy grande; allí residía el Califa de todos los sarracenos del mundo, del mismo modo que en Roma se encuentra la sede del Papa de los cristianos. Por el medio de la ciudad pasa un gran río, el Tigris, por el cual en dieciocho días se puede llegar hasta el Mar de la India. Por allí van y vienen los mercaderes con sus mercancías, pasando por Basora hasta llegar a Kish.
Sabed que, en el año 1255, Hulagu, señor de los tártaros y hermano del Gran Kan, reunió a una multitud de gentes y marchó sobre Bagdad para tomarla por la fuerza. Fue una gran empresa, pues había en la ciudad más de cien mil jinetes para defenderla.
Cuando Hulagu hubo tomado la ciudad, encontró en ella una torre del Califa que estaba colmada de oro, plata y piedras preciosas, en tal cantidad como jamás se había visto en un solo lugar. Hulagu mandó llamar al Califa y le preguntó:
- Califa, ¿por qué has amasado tantas riquezas? ¿Por qué, sabiendo que yo venía contra ti, no usaste este oro para dárselo a caballeros y soldados a fin de que defendieran tu ciudad?
El Califa no respondió nada. Entonces Hulagu añadió:
- Califa, puesto que veo que tantas amas tu tesoro, quiero que de él te alimentes.
Lo mandó encerrar en aquella torre y ordenó que no se le diera ni de comer ni de beber. «Aliméntate ahora de aquello que tanto has amado, pues no probarás otra cosa», le dijo. Y allí murió el Califa al cabo de cuatro días. A buen seguro, más le hubiera valido repartir su tesoro entre los hombres que guardaran su tierra y a su pueblo.